jueves, 12 de junio de 2008

Los mejores



Dicen que en las guerras siempre caen los mejores y sobre los supervivientes recae la sombra de la sospecha. En estos treinta años de democracia son muchos los que han caído, en múltiples batallas ideológicas y culturales, por defender la Libertad y la Nación. Y no solo me refiero al millar de compatriotas, víctimas del terrorismo, que heroicamente han pagado con su vida su condición de españoles sino a otros muchos ciudadanos que se han visto apartados, acosados o perseguidos por denunciar la deriva totalitaria de los nacionalismos periféricos y negarse a aceptar la ruptura de la unidad nacional, es decir, de la continuidad histórica de España, de la solidaridad entre los españoles y su igualdad ante la ley, fundamentos de nuestra Constitución. Políticos, periodistas, historiadores, artistas, en definitiva, ciudadanos libres que no comulgan con el discurso de valores dominante instalado en la indolencia nacional han hecho de sus vidas una permanente lucha por la dignidad personal y la supervivencia colectiva. La incomprensión y la deslealtad de los suyos, es sustituído por el reconocimiento de millones de españoles que vemos en ellos un referente que nos hace crecer como ciudadanos libres.

Del ámbito político, con sus miserias, ambiciones, intereses y servidumbres podemos ejemplificar este proceso con multitud de casos que afectan tanto a la izquierda como a la derecha. No han dudado PP y PSOE en deshacerse, en determinados momentos clave de nuestra reciente histroria, de los mejores para satisfacer y alimentar a la bestia nacionalista. Llaman estrategia política o adaptación a los nuevos tiempos -Rajoy dixit- a lo que, a todas luces, no es sino la claudicación y el desistimiento ante la voracidad de los que niegan España y la Libertad. En efecto, la llegada de Zapatero al poder supuso la defenestración de Nicolás Redondo Terreros, un socialista decente que no cesó de buscar acuerdos con el PP de Mayor Oreja para frenar el poder despótico nacionalista. Puso por encima de las diferencias ideológicas el interés nacional . No fue el único. Las posturas Gotxone Mora sobran en un Partido Socialista entregado a la desarticulación de la Nación, un concepto que según Zapatero es discutido y discutible. El sentido común y la inteligencia de Edurne Uriarte, la valentía de Antonio Aguirre, el compromiso con las víctimas del terrorismo de Rosa Díez tampoco cotizan en un PSOE a la deriva. No piensen que la tradición de la izquierda ha sido la negación de la Nación. En un interesante libro, La izquierda y la Nación, César Alonso de los Ríos historiaba lo que él llamó la "traición políticamente correcta" de la izquierda. Ya en los años treinta Indalecio Prieto, "socialista a fuer de liberal", fue firme partidario de un patriotismo español en un sentido regeneracionista. La patria siempre estuvo presente en los textos de los escritores exiliados. La poesía de León Felipe, las novelas de Manuel Andújar o Max Aub son buen ejemplo de ello. En una próxima entrada meditaré sobre "La Tercera España" que por la que apostaban desde el exilio un grupo de escritores que supieron compatibilizar su pensamiento de izquierda con un profundo sentimiento nacional.




Pero qué decir del PP. Repite la progresía vociferante y obsesiva que el mayor error de Aznar fue aliarse con Bush, cuando lo que jamás perdonaremos al expresidente, los que creemos que la política debe ser el territorio de los valores y principios, fue el precio que tuvo que pagar por pactar con el nacionalismo pujolista en 1996: la cabeza de Alejo Vidal Cuadras, uno de los políticos más brillantes e íntegros del Partido Popular. Las diferentes probaturas en la dirección del PP catalán, todas fracasadas, demuestra que cuando un partido subordina los principios a la estrategia, lejos de sumar aliados resta convencidos. Parece no tomar nota de los errores pasados el actual líder popular al que le es más útil la candidez insustancial de determinados políticos oportunistas que la firmeza democrática y el ejemplo moral de María San Gil, símbolo donde los haya de la resistencia cívica frente al nazismo marxistizado de ETA/Batasuna. En este contexto no es de extrañar que no constituya en la cúpula del PP motivo de escándalo y preocupación el que otro español ejemplar, José Antonio Ortega Lara abandone el partido. Son sacrificios necesarios en el altar de la nueva concordia con los que sólo siembran la discordia.




Pero este lamentable escenario afecta también a otros ámbitos no estrictamente políticos. A un escritor, Pío Moa se le pretende procesar por ofrecer una visión de la historia de España que se aparta de las directrices ideológicas que inspiran la discutible memoria história impulsada desde el poder. No se plantean los que disienten de los enfoques históricos de Pío Moa refutar o debatir sus argumentos en un sano ambiente de discusión académica e historiográfica. Se trata de insultarlo, y a ser posible, encarcelarlo. Los periodistas deben repetir las cantilenas apaciguadoras del discurso oficial. Si alguno como Federico Jiménez Losantos rompe estos acuerdos tácitos no se duda en solicitar la mordaza y en pedir el linchamiento público. Valientes cieneastas como el vasco Iñaki Arteta, uno de los pocos directores de cine español comprometido con las víctimas del terrorismo, es decir con España, no entra en la política de subvenciones institucionales y sus películas -excelentes, connovedoras, necesarias- son silenciadas. Artitstas como Albert Boadella tiene que exiliarse de Cataluña por hacer lo que ha hecho siempre: denunciar y ridiculizar las múltiples caretas de los liberticidas que actualmente envueltos en la senyera hacen imposible la vida en libertad en Cataluña. La expulsión de Agapito Maestre de la Universidad de Almería o el exilio del gran escultor vasco Agustín Ibarrola, amenazado por ETA, confirman el deterioro moral que se está produciendo.





La situación se agrava cuando el perseguido e insultado es el representante de las víctimas del terrorismo, al tiempo que se considera hombres de paz a los asesinos. Los voceros del pensamiento progre han ridiculizado, a Francisco José Alcaraz. Su pecado: reclamar justicia, exigir que funcione el estado de Derecho, pedir que se respete la dignidad de la víctimas en posibles y turbios apaños con los criminales y mantener viva la memoria de todos aquellos que entregaron su vida por todos nosotros. Pero claro, el nuevo ambiente exige ser simpático con los antipáticos nacionalistas.

Los mejores pagan cara su osadía, su coherencia, su fidelidad a los principios y valores que defienden y compartimos muchos españoles, pero a cambio saben que con su testimonio y resistencia fortalecen nuestra Libertad y revitalizan lo mejor de una gran Nación que se niega a sucumbir. Nicolás, Edurne, Antonio, Gotxone, Rosa, Alejo, María, José Antonio, Albert, Pío, Agapito, Federico, Agustín, Iñaki, Francisco José...y tantos otros, gracias.

2 comentarios:

JAVIER ORTEGA dijo...

Querido Fernando:
Estoy plenamente de acuerdo. Cuando una sociedad contempla impávida la defenestración de referentes tan incuestionables como María San Gil, no es aventurado colegir que dicha sociedad está gravemente enferma.
Naturalmente hay otros muchos indicios que corroboran ese diagnóstico; pero pocos tan elocuentes y sangrantes.
Un fuerte abrazo.

Empecinado dijo...

Las personas que mencionas son auténticos valientes, héroes de nuestra era, diría yo. Como dice Javier Ortega, tal cosa sólo puede pasar en una nación corrompida moralmente, donde no existe una democracia real, sino un conjunto de borregos adoctrinados por una élite que controla los partidos políticos. Sálvese quien pueda.